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lunes, 19 de septiembre de 2016

CONTINUACIÓN

La Sra. Maxtin continuaba respirando muy despacio y casi no se la oía el pulso.

-  Cómo siempre tú, Dios adverso  -  exclamó la diva del Bien  -  ¿A qué has venido, demonio?

-  No he venido nada más que visitar a la tierra, Diosa Senatta  -  contestó Dios adverso.

-  Ex-carcelero  -  le señaló la diosa buena  -  te he reconocido. Despierta a la ancianita o mandaré a todas mis divas y hadas para atacar el silbido negro de Muerte.

-  Mi nombre es ahora Ramatán II  -  alegó el ex-carcelero  -  puedes llamar a tu súbdito de espíritus féminas si quieres, diva del Bien.

-  Me llamo Diosa Senatta, diva del bien es sólo para distinguir el don de nuestro poder  -  aclaró la diva  -  Somos un total de veintisiete diosas buenas en los dos limbos y en los trece cielos.

-  Sí, las trece estrellas de Damart...  -  contestó Ramatán II.

-  Sabes mucho ex-carerlo  -  se quejó la Diosa Senatta  -  daré parte al guardián de la entrada a nuestro limbo.

Muerte empezó a silbar su peculiar canción de la calavera. Los ojos de Martha Maxtin se quedaron del color del luto. La diosa Senatta invocó a dos hadas y cuatro divas de su súbdito personal. Las que habitaban con ella en sus aposentos del cielo vinculante al gran limbo.

Llegaron y empezaron todas ellas sus silbidos. En ellos, las divas cantaban una oración del bien y las hadas lo unían con conjuros protectores contra todo el mal ajeno, aquél que no era terrestre.

La anciana se despertó de su inconsciencia y se oyó otro trueno. Volvió a llover con fuerza. El súbdito bueno al completo regresó a sus cielos. Mientras, Tomás Jiménez se había desplomado fuertemente contra el suelo, Dios adverso lo había desposeído.

Carlos John, el bibliotecario, pudo por fin llamar a una ambulancia poco antes de que se fuera de nuevo la luz. Le dio tiempo a dar la dirección de la biblioteca completa.

(Continuará...)