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domingo, 29 de septiembre de 2013

CONTINUACIÓN

Perterece cayó sin respiración, su aura de luz se fue apagando poco a poco. Trausito, Artodour y Podour volvieron a invocar a Campodous, pero sus ninfas no eran suficientes. Apodous, el Gran Dios, estaba solo, luchando contra los demonios y sus unicornios. Las ninfas, cantaban para derrotar a cada animal alado.
- No bajéis ayudar a Perterece aún - ordenó Apodous - os necesito aquí. Yo solo no puedo con cien mil demonios. Que Campodous ordene a Trausito y Artodour invocar a sus indios, darle a cada indio una flecha enverada con este canto y con este don:
- "Flechas del bien os invoco y os doy el poder
de quien a donde clavéis, podáis bien vencer
no deberéis avanzar, mi voz os llevara a ver
donde esta aquel, que con mi don tendrá que perder".

Los brujos de las tribus Joux y Jam llamaron con la mente a cien guerreros indios. Cada uno, se postró en el suelo, con una rodilla hacia delante y sacaron sus arcos, esperando la voz de orden de Artodour para disparar a los diablos que iban subiendo y a los que ya estaban llegando a la línea del purgatorio:
- "Apunten, disparen. Flechas ir hacia el corazón
con la fuerza del león
y la energía del dragón
contra aquel que con su mal quieran dominar mogollón".

Todos los indios dispararon tres flechas cada uno, un total de trescientas, y el mismo número de demonios cayeron muertos. Las ninfas, mientras tanto, seguían cantando para seguir liquidando a los unicornios y, así, los malos perder todos sus poderes, pero Perterece halló muerte, su existencia llegó a su fin. Sólo Apodita II, podía sanarlo. La noche se hizo aún más oscura y las estrellas cantaron su canción más triste y la Luna lloraba sin cesar. Una gran tormenta cayó, eran sus lágrimas, muy apenada por el fallecimiento de su amigo.

Todos, absolutamente todos, perdieron sus poderes, sólo Apodous continuaba con sus magias y capacidad ritual.

(Continuará...)